Cuando eres adolescente siempre consideras que lo que te afecta en ese momento es lo más importante del mundo. Los sentimientos se mezclan con ansiedad, impaciencia y por supuesto con toda una serie de hormonas disparadas a su máximo nivel.
Es por eso que nuestro despertar sexual es tan intenso. Tenemos que probarlo, tenemos que conseguirlo y tiene que ser ya.
Y sin embargo las relaciones sexuales son más complicadas de conseguir y de sobrellevar en ese mismo periodo. Vives con tus padres, tienes complejos, inseguridades, temores e incluso una falta de aceptación que afecta a muchos jóvenes hoy en día igual que me afectó a mí.
No obstante cuando llegas a conseguir tu objetivo y consumas tus primeras relaciones sexuales te sientes pleno de dicha y gozo.
Lo has conseguido.
Y si encima tienes la suerte o capacidad de convertir el sexo en una actividad medianamente regular, pues ya ni te digo.
Cuando pasas de los 20 ya tu deseo se puede llegar a estabilizar. Tu cabeza está en muchas otras cosas pero sigues teniendo la líbido disparada. Es el periodo de mayor gracia por la rapidez con la que fluyen las cosas.
A partir de los 30 es el mejor momento. Es probable que dispongas de una mayor estabilidad tanto mental como social, y además puedes disponer de la tan preciada independencia que te ayuda a mejorar tu vida sexual hasta límites insospechados.
Entonces, ¿qué pasa a partir de los 40?
Es evidente que la vida no se detiene.
El deseo no se para.
Y entonces ¿por qué es todo tan distinto?
Quizá porque es cuando una gran parte de nosotros nos damos cuenta de que aunque el sexo es muy importante, en realidad está sobrevalorado.
Tu deseo sexual sigue en valores máximos, pero ya puede ser que hasta te de pereza.
La vida sigue pero en realidad es un poco más lenta.
No es un declive. Simplemente es el reconocimiento de que no hace falta tener tanta prisa como tenías antes, ya que hagas lo que hagas vas a llegar al mismo sitio.